lunes 26 de septiembre de 2011

PULCRITUD

Se colocó los guantes de latex para dejar la mínima huella, y una mascarilla empapada en colonia de bebés para evitar el aroma que iba a desprender su operación. Pulcritud ante todo, se decía. No repetía otra cosa en su mente.

Cogió la pluma tintada en rojo y comenzó por la frente. La desplazaba lentamente por la figura de su víctima, y cuando acabó ese regalo de placer, la sumergió en la botella de aceite aromático y la dejó reposar mientras continuaba con su labor. Lo demás, imaginen. Besos, caricias y demás prácticas amatorias.

Todo bien hasta ese punto. Y entonces, la otra mitad de la contienda decidió acurrucarse en los brazos de Morfeo, lejano al después y a las artimañas de su contraria, que sabía que la postura preferida del estimulado a nivel de sueño era el dar la espalda al mundo durante las horas de descanso. Ella se levantó de la cama sigilosa, imperceptible, y agarró la pluma cuajada de aceite, dejándola gotear para que su pérfida tarea resultase inmaculada como se seguía repitiendo por dentro: Pulcritud ante todo.

Abrió un cajón cualquiera, extrajo un cigarrillo que se colocó en la boca, y con la mano que aún le quedaba desocupada, alcanzó el mechero que reposaba en la más alta balda de la librería de la habitación. Encendió el pitillo y dio una calada intensa, en la que saboreó la victoria por anticipado. Cogió el cigarro con los dedos pulgar y corazón, se subió en la cama de rodillas y se paró en el final de la espalda del pobre mortal que iba a sufrir su diversión. La pluma volvió a dibujar líneas verticales en ese cuerpo, afanándose en el sector centrar de esa espalda. Cuando a ella le pareció suficiente, lanzó la pluma al suelo con violencia y susurró: "Por fin llega mi momento, tu momento... NUESTRO momento: Voy a tatuarte la columna con marcas de cigarro."
El final de la historia es infinito, que cada cual dé su versión...

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